lunes, 20 de septiembre de 2010

Contaminación lumínica.

Cae la noche sobre Sierra Nevada. Un manto negro tapa las cumbres y el silencio se apodera de las montañas. El eco de la ciudad no llega hasta allí arriba. Pero el reflejo de la civilización engaña a la noche. La esfera de luz que rodea a Granada y su área metropolitana se convierte en un incómodo vecino para los científicos que desde el Observatorio de Sierra Nevada intentan desvelar los secretos de las estrellas. Ya no se molestan en girar el telescopio para ver el cielo que hay sobre las cabezas de los granadinos, porque no se ve nada. Es tal la contaminación lumínica, que un trozo de esa cúpula ha quedado anulada para los astrónomos que estudian galaxias o planetas desde los aparatos de este observatorio.

Este edificio, enclavado en la Loma de Dílar, a 2.850 metros de altitud, ha recibido una especial protección hace unos días, cuando la Junta aprobaba el Reglamento de Protección del Cielo Nocturno Frente a la Contaminación Lumínica. El texto establecía que tanto el Observatorio de Sierra Nevada -que depende del Instituto Andaluz de Astrofísica- como el de Calar Alto -en Almería-, deben tener una perímetro de protección, alrededor de las instalaciones, que quede libre de cualquier iluminación artificial. Pero esa franja no protegerá el enclave científico si no se cumplen el resto de preceptos, que obligan a establecer zonas oscuras y a minimizar la iluminación artificial por las noches, además de dirigirla hacia el suelo.

Los efectos de esa contaminación son perfectamente visibles desde el observatorio. «Desde los 45 grados hacia abajo, en la dirección donde hay ciudades, no se puede observar, porque no se ve nada», explica el director del observatorio, René Duffard, apuntando al arco de luz que tienen a los pies de Sierra Nevada. «En los últimos años se ha notado mucho la contaminación, porque todo el cinturón de Granada no ha parado de crecer», apunta José Antonio Ruiz Bueno, supervisor en las instalaciones desde hace 18 años.

Duffard pone un ejemplo claro de los efectos de ese exceso de luz artificial: «Venus no se ve». Para los expertos se refiere al planeta, para los inexpertos es esa luz en el cielo que comúnmente se conoce como 'lucero del alba', que ha 'desaparecido' si uno intenta encontrarla mirando al cielo desde una ciudad. «Y la Osa Polar cuesta trabajo encontrarla», remata. El cielo ha perdido sus 'brújulas', esas luces que servían a marinos o pastores para orientarse. José Luis Ortiz, astrónomo del Instituto Andaluz de Astrofísica, explica que más del 90% de la población no ha visto nunca la Vía Láctea.

«Actualmente solo se pueden estudiar las estrellas más brillantes en esa franja afectada por la contaminación lumínica», apunta Duffard, que estudia la geología de los asteroides. Desde esa Loma de Dílar, pasada la medianoche, parece que el sol estuviera saliendo por el noroeste. Son las luces, esa luz que ensucia, y que puede llegar a cambiar los hábitos de las especies migratorias o trastocar el sueño de los humanos, puesto que afecta a la producción de melatonina.

«Cuando la noche es clara, se pueden ver hasta los destellos del faro de Calaburra -en Mijas-», apunta José Antonio, supervisor del edificio. Y desvelan una molesta 'moda' a la que trata de ponerle remedio el reglamento aprobado por la Junta hace unos días. Explica Francisco que una noche, mientras observaba, notó una luz muy potente. Se pusieron a investigar y eran los láseres que usaba una discoteca para 'anunciarse' y que les impedían observar el cielo.

El reglamento aprobado por la Junta de Andalucía nace con la intención de reducir considerablemente esos efectos negativos que tiene la contaminación lumínica. En un plazo de cinco años los ayuntamientos andaluces habrán definido un mapa de zonas oscuras -en las que no habrá luz artificial por la noche-, el alumbrado público deberá contar con bombillas de bajo consumo y cumplirán ya con el horario nocturno, en el que solo quedarán las luces realmente imprescindibles. Noticia del diario Sur.

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